décembre 2007 18:26
Ni el Centro ni la Periferia
I. ARRIBA, PENSAR EL BLANCO LA GEOGRAFÃ A Y EL CALENDARIO DE LA TEORÃ A
?El problema con la realidad, es que no sabe nada de teorÃa? Don Durito de La Lacandona.
ElÃas Contreras, Comisión de Investigación del EZLN, decÃa que la lucha, la nuestra al menos, podÃa ser explicada como una lucha de geografÃas y calendarios. Ignoro si este compañero, uno más de los muertos que de por sà somos, imaginó siquiera que sus teorÃas (?sus pensamientos?, decÃa él) serÃan presentadas al lado de tantas luces intelectuales como las que ahora confluyen en el suroriental estado mexicano de Chiapas.
Tampoco sé si hubiera autorizado que yo, un subcomandante cualquiera, tomara algunos de esos pensamientos y los expusiera públicamente.
Pero, tomando en cuenta la evidencia de nuestro bajo ?rating? mediático y teórico, creo que puedo permitirme el tratar de exponer las bases rudimentales de esta teorÃa, tan otra que es práctica. No voy a aburrirlos contándoles el embrollo sentimental de ElÃas Contreras que, como todos y todas las zapatistas, eligió amar con desafÃo. Como si el puente afectivo que se tiende hacia la otra, el otro o lo otro no fuera ya de por sà complejo y complicado, ElÃas Contreras todavÃa le agregó las distancias y muros que separan los calendarios y las geografÃas, además del conocimiento, es decir el respeto, de la existencia de lo otro. Como si de esa forma él (y con él, lo colectivo que somos) decidiera hacer todo lo posible para que un acto tan antiguo, común y cotidiano como la existencia del ser humano, se convirtiera en algo extraordinario, terrible, maravilloso.
En cambio, en lugar de contarles del complicado e inquebrantable puente del amor de ElÃas Contreras por la Magdalena (que no era ni hombre ni mujer, lo que ya de por sà es un desafÃo a la lucha de género), pensé entonces en traerles algo de la música que se toca en las comunidades zapatistas. Por ejemplo, apenas anoche escuché una música que el ?maistro de la ceremoña? tipificó como ritmo ?corrido-cumbia-ranchera-norteña?. ¿Qué tal? Ritmo corrido-cumbia-ranchera-norteña? si eso no es un desafÃo teórico, entonces no sé que lo sea. Y no me pregunten cómo se toca o se baila eso, porque yo no toco ni la puerta y, además, a mi avanzada edad, en el baile tengo la gracia de un elefante con la uña enterrada. Hace más de dos años, en estas montañas del sureste mexicano, en ocasión de las reuniones preparatorias de lo que después se llamarÃa ?La Otra Campaña?, una mujer joven dijo, palabras más, palabras menos, ?si tu revolución no sabe bailar, no me invites a tu revolución?. Tiempo después, pero entonces en las montañas del noroeste de México, volvà a escuchar esas mismas palabras de la boca de un jefe indÃgena que se esfuerza por mantener vivos los bailes y la cultura toda de nuestros ancestros.
Al escuchar a la una y al otro, en tiempos distintos, yo volteé a mirar a una de las comandantas y le dije: ?Ahà le hablan jovena?. La Comandanta no dejó de mirar hacia la concurrencia, pero en voz baja dijo: ?Urrr Sup? Uta magre, viera que me dan pista y hasta les dejo planito el suelo?.
Yo no les voy a estar mentirando. La verdad es que pensé que podrÃa traerles algunas historias de Sombra el guerrero, de ElÃas Contreras y la Magdalena, de las mujeres zapatistas, de las niñas y niños que crecen en una realidad diferente (ojo: no mejor, no peor, sólo diferente) a la de sus padres, marcada por otra resistencia, y hasta les contarÃa un cuento de la niña llamada ?Diciembre? que, como su nombre lo indica, nació en Noviembre. Y pensé también ponerles algunas músicas (sin agraviar a las presentes), pero es de todos conocida la seriedad con la que los zapatistas abordamos los temas teóricos, asà que sólo diré que habrÃa que encontrar alguna forma de ligar la teorÃa con el amor, la música y el baile. Tal vez igual la teorÃa no alcanzarÃa a explicar nada que valiera la pena, pero serÃa más humana, porque la seriedad y el acartonamiento no garantizan el rigor cientÃfico.
Pero, bueno, ya me estoy yendo de nuevo por otro lado. Les decÃa yo que ElÃas Contreras, Comisión de Investigación del EZLN, decÃa a su vez que nuestra lucha podÃa ser entendida y explicada como una lucha de geografÃas y calendarios.
En nuestra participación como ?teloneros? de los pensamientos que en estos dÃas se congregan en este lugar y en estas fechas, serán la geografÃa y el calendario? más bien, la larga trenza que entre ambos se anuda abajo, uno de los referentes de nuestra palabra. Dicen nuestros más mayores que los dioses más primeros, los que nacieron el mundo, fueron siete; que siete son los colores: el blanco, el amarillo, el rojo, el verde, el azul, el café y el negro; que son siete los puntos cardinales: el arriba y el abajo, el delante y el detrás, el uno y el otro lado, y el centro; y que siete son también los sentidos: oler, gustar, tocar, ver, oÃr, pensar y sentir.
Siete serán entonces los hilos de esta larga trenza, siempre inconclusa, del pensamiento zapatista.
Hablemos, pues, de La GeografÃa y el Calendario de la TeorÃa. Para esto pensemos el color blanco allá arriba.
***
No tenemos el dato exacto, pero en el complejo calendario del pensamiento teórico de arriba, de sus ciencias, técnicas y herramientas, asà como de sus análisis de las realidades, hubo un momento en que las pautas se marcaban desde un centro geográfico y de ahà se iban extendiendo hacia la periferia, como una piedra arrojada en el centro de un estanque.
La piedra conceptual tocaba la superficie de la teorÃa y se producÃa una serie de ondas que afectaban y modificaban los distintos quehaceres cientÃficos y técnicos adyacentes. La consistencia del pensamiento analÃtico y reflexivo hacÃa, y hace, que esas ondas se mantengan definidas? hasta que una nueva piedra conceptual cae y una nueva serie de ondas cambia la producción teórica. La misma densidad de la producción teórica tal vez podrÃa explicar el por qué las ondas, las más de las veces, no alcanzan a llegar a la orilla, es decir, a la realidad. ?Paradigmas cientÃficos? han llamado algunos a estos conceptos capaces de modificar, renovar y revolucionar el pensamiento teórico.
En esta concepción del quehacer teórico, en esta meta-teorÃa, se insiste no sólo en la irrelevancia de la realidad, también y sobre todo se alardea que se ha prescindido completamente de ella, en un esfuerzo de aislamiento e higiene que, dicen, merece ser aplaudido. La imagen del laboratorio aséptico no sólo se limitó a las llamadas ?ciencias naturales? o a las ?ciencias exactas?, no. En los últimos saltos del sistema mundial capitalista, esta obsesión por la higiene anti-realidad alcanzó a las llamadas ?ciencias sociales?. En la comunidad cientÃfica mundial empezó entonces a cobrar fuerza la tesis de ?si la realidad no se comporta como indica la teorÃa, peor para la realidad?.
Pero volvamos al plácido estanque de la producción teórica y a la piedra que ha alterado su forma y contenido.
El reconocimiento de esta aparente fragilidad del andamiaje conceptual cientÃfico significó aceptar que la producción teórica se renovaba continuamente, incluso dentro de su pretendido aislamiento de la realidad. El laboratorio (término ahora muy usado por los llamados cientÃficos sociales para referirse a las luchas dentro de las sociedades) no podrÃa nunca reunir las condiciones ideales, por más aséptico y esterilizado que estuviera, para garantizar la perpetuidad que toda ley cientÃfica reclama. Y es que resulta que en su mismo quehacer, irrumpen una y otra vez nuevos conceptos. En estas concepciones, la idea (el concepto, en este caso) precede a la materia y se adjudica asà a la ciencia y la tecnologÃa la responsabilidad de las grandes transformaciones de la humanidad. Y la idea tiene, según el caso, un productor o un enunciante: el individuo, el cientÃfico en este caso.
Desde la ociosa reflexión de Descartes, la teorÃa de arriba insiste en la primacÃa de la idea sobre la materia. El ?pienso, luego existo? definÃa también un centro, el YO individual, y a lo otro como una periferia que se veÃa afectada o no por la percepción de ese YO: afecto, odio, miedo, simpatÃa, atracción, repulsión. Lo que estaba fuera del alcance de la percepción del YO era, es, inexistente.
AsÃ, el nacimiento de este crimen mundial llamado capitalismo es producto de la máquina de vapor y no del despojo. Y la etapa capitalista de la globalización neoliberal arranca con la aparición de la informática, el internet, el teléfono celular, el mall, la sopa instantánea, el fast food; y no con el inicio de una nueva guerra de conquista en todo el planeta, la IV Guerra Mundial. En el campo de la tecnologÃa se repite el mismo patrón. Y se agrega que, como el concepto cientÃfico, la técnica nace ?inocente?, ?libre de toda culpa?, ?inspirada en el bien de la humanidad?. Einstein no es responsable de la bomba atómica, ni el señor Graham Bell lo es de los fraudes vÃa celular del hombre más rico del mundo, Carlos Slim. El coronel Sanders no es responsable de las indigestiones provocadas por el Kentucky Fried Chiken, ni el señor MacDonald de las hamburguesas de plástico reciclado.
Esto, que algunos desarrollaron más y definieron como ?objetividad cientÃfica?, creó la imagen del cientÃfico que permea todavÃa el imaginario popular: un hombre o una mujer despeinados, con lentes, bata blanca, con desaliño corporal y espacial, embebidos frente a probetas y matraces burbujeantes.
El autodenominado ?cientÃfico social? ?compró? esa misma imagen, con algunos cambios: en lugar de laboratorio, un cubÃculo; en lugar de matraces y probetas, libros y cuadernos; en lugar de blanca, una bata de color oscuro; el mismo desaliño; pero agregaba tabaco, café, brandy o cogñac (también en la ciencia hay niveles, mi buen) y música de fondo, que eran impensables en un laboratorio. Sin embargo, unos y otros, enfrascados como estaban en su objetividad y asepsia, no advirtieron la aparición y crecimiento de los ?comisarios de la ciencia?, es decir, de los filósofos. Estos ?jueces? del conocimiento, tan objetivos y neutrales como sus vigilados, expropiaron el criterio de cientificidad. Como la realidad no era el referente para determinar la verdad o falsedad de una teorÃa, entonces la filosofÃa pasó a cumplir ese papel. Apareció asà la ?filosofÃa de la ciencia?, es decir, la teorÃa de la teorÃa, la meta-teorÃa. Pero la llamada ?ciencia social?, la hija bastarda del conocimiento, encontró a los filósofos con sobrecarga de trabajo o con exigencias difÃciles de cumplir (del tipo ?Si A es igual a B y B es igual a C, entonces A es igual a C?), asà que cada vez más debe padecer a los intelectuales de la academia como censores y comisarios. ? Mmh? creo que con lo anterior ya demostré que puedo ser tan oscuro e incomprensible como cualquier teórico que se respete, pero estoy seguro de que hay una forma más sencilla de seguir con esto. Asà que ahà les voy, nomás háganse a un ladito, no los vaya yo a salpicar. En resumen, a consecuencia de este calendario y esta geografÃa, resulta que allá arriba la producción teórica no es más que una moda que se piensa, ve, huele, gusta, toca, escucha y siente en los espacios de la academia, los laboratorios y los institutos especializados.
O sea que la teorÃa es una moda que tiene en las tesis (de posgrado, mi buen, también en la academia hay niveles), las conferencias, las revistas especializadas y los libros, los sustitutos de las revistas de moda. Los coloquios suplen el lugar de las exhibiciones de modas, y ahà los ponentes hacen lo mismo que las modelos en la pasarela, es decir, exhiben su anorexia, en este caso, su delgadez intelectual. Tomad cada momento del surgimiento de uno de esos paradigmas y encontrareis un centro intelectual que se disputa la primicia. Las universidades europeas y los institutos tecnológicos de Norteamérica repiten el listado de la moda: ParÃs, Roma, Londres, Nueva York (lo lamento si rompo alguna ilusión, pero no aparecen el Tec de Monterrey, ni la Ibero, ni la UDLA). Con esto quiero decir que el mundo cientÃfico construyó una torre de cristal (pero plomado), con sus propias leyes y adornado con los vitrales churriguerescos que elaboran los intelectuales ad hoc. A ese mundo, a esa torre y sus pent-houses, no podrá acceder la realidad hasta que acredite estudios de posgrado y un currÃculum, presten atención, tan abultado como la billetera. Asà se nos presenta al común de la gente, y asà se representa a sà misma la comunidad cientÃfica. Pero una mirada atenta y crÃtica, una de ésas que tanto escasean ahora, permitirÃa ver lo que en realidad ocurre. Si el nuevo paradigma es el mercado y la imagen idÃlica de la modernidad es el mall o el centro comercial, imaginemos entonces una sucesión de estantes llenos de ideas, o mejor aún, una tienda departamental con teorÃas para cada ocasión. No costará trabajo entonces imaginar al gran capitalista o al gobernante en turno recorriendo los pasillos, sopesando precios y calidades de los distintos pensamientos, y adquiriendo aquellos que se adapten mejor a sus necesidades. Allá arriba, toda teorÃa que se respete debe cumplir una doble función: por un lado: desplazar la responsabilidad de un hecho con una argumentación, que no por elaborada es menos ridÃcula; y, por el otro, ocultar la realidad (es decir, garantizar la impunidad).
En la explicación de la desgracia aparecen ejemplos:
El señor Calderón (todavÃa algunos desubicados lo consideran el presidente de México), disfrazado como militar, encuentra en la teorÃa lunática la explicación de las catástrofes que asolaron Tabasco y Chiapas (como antes a Sonora y Sinaloa) y ordena a sus tropas que le consigan la capacidad de convencimiento que no ha podido construir sobre ese castillo de naipes trucados que fue la elección presidencial del 2006. Su fracaso, tan poco informado en los medios, era previsible: consigue más el Teletón que el Estado Mayor presidencial. Desplazando la responsabilidad a la luna (quien, dicho sea de paso, es rencorosa, como lo contará la leyenda del origen de Sombra, el guerrero ?pero eso será, si es que es, otro dÃa-), Calderón oculta su responsabilidad y la de quienes lo antecedieron. Resultado: se crea una comisión para investigar? astronomÃa, y darle asÃ, además del pobre de las armas, algún sustento legÃtimo a este émulo de Huerta y amante, según confesión propia, de los juegos cibernéticos militares. Seguramente, si la luna se niega a aceptar su culpabilidad, el titular del IV Reich le dirá, con la mirada dura y decidida: ?¡bájate o mando por ti!?. El señor Héctor Aguilar CamÃn, el prototipo del intelectual no de arriba (él que más quisiera) sino arribista, reescribe el ?Libro Blanco? con que la PGR zedillista quiso explicar, sin éxito alguno, la matanza de Acteal (que este 22 de diciembre cumple 10 años sin verdad ni justicia). Fiel al patrón en turno, Aguilar CamÃn busca, inútilmente, desviar la indignación que de nuevo se levanta, ocultando un crimen de Estado y desplazando la responsabilidad se los asesinatos? a los muertos. Felipe Calderón y Héctor Aguilar CamÃn, uno vestido cómicamente de militar y otro patéticamente disfrazado de intelectual. El primero maldiciendo a quien le recomendó comprar la teorÃa de la luna, y el segundo recorriendo oficinas gubernamentales y cuarteles militares ofreciendo en venta su inútil detergente para limpiar las manchas de sangre.
Es ésta, la teorÃa blanca e impoluta de arriba, la que domina en el decadente mundo cientÃfico. Frente a cada uno de sus estallidos teóricos, también llamados pomposamente ?revoluciones cientÃficas?, el pensamiento progresista en general se ha visto obligado a remar a contracorriente. Con el par de remos de la crÃtica y la honestidad, los pensadores (o teóricos, aunque es común usar este término como descalificativo) de izquierda deben cuestionar el alud de evidencias que, con el disfraz de la cientificidad, sepultan la realidad.
El referente de este quehacer crÃtico es la ciencia social. Pero si ésta se limita a expresar deseos, juicios, condenas y recetas (como ahora hacen algunos teóricos de la izquierda en México), en lugar de tratar de entender para tratar de explicar, su producción teórica no sólo resulta incapaz, sino, las más de la veces, patética.
Es entonces cuando la distancia entre teorÃa y realidad no sólo se convierte en un abismo, también presenta el triste espectáculo de autodenominados cientÃficos sociales arrojándose con singular alegrÃa al vacÃo conceptual. Tal vez alguno, alguna, de quienes nos escuchan o leen, conozcan esos comerciales que anuncian productos para adelgazar sin hacer ejercicio y atascándose de garnachas y comida rica en ?hidrocarburos?. Sé que es poco probable que alguien de aquà sepa de ello, pues estoy seguro de que se encuentran inmersos en cuestiones realmente importantes de la teorÃa, asà que permitan que les dé un ejemplo: hay un anuncio de una galleta que si se come, a ellas les puede dar la figura de Angelina Jolie (suspiro), y ellos pueden llegar a tener el cuerpo atlético del SupMarcos (¡arrrrrroz con leche!)? ¡un momento! ¿yo escribà eso que acabo de decir? Mmh? no, no lo creo, mi modestia es legendaria, asà que borren esa parte de sus apuntes. ¿En qué estaba? ¡Ah sÃ!, en la galleta que les dará una figura espectacular y eso sin hacer más ejercicio que el de llevar el producto a la boca y masticarlo.
De la misma forma, en los últimos años ha cobrado fuerza, en el medio intelectual progresista de México, la idea de que se puede transformar las relaciones sociales sin luchar y sin tocar los privilegios de que disfrutan los poderosos. Sólo es necesario tachar una boleta electoral y ¡zaz!, el paÃs se transforma, proliferan las pistas de hielo y las playas artificiales, las carreras de autos en Reforma, los periféricos con segundo piso incluido y las construcciones del bicentenario (¿ha notado usted que no se habla del centenario?). Vaya, ni siquiera es necesario vigilar la elección para que no se convierta en un fraude y en una pelÃcula documentándola. La sumisión con que esto fue adquirido, digerido y difundido por buena parte de la intelectualidad progresista de México no debiera extrañar, sobre todo si se toma en cuenta que lo otro, pensar, analizar, debatir y criticar, cuesta más, es decir, es más caro. Lo que sorprende es la virulencia y ruindad con la que atacaron y atacan a quien no se traga esa galleta ética, perdón, esa rueda de molino. Les doy otro ejemplo:
En la Ciudad de México se ha realizado un despojo impecable y ha obtenido el apoyo y/o el silencio cómplice de esa intelectualidad.
Un gobierno de ?izquierda moderna? ha conseguido lo que la derecha no habÃa podido: despojar a la ciudad y al paÃs del Zócalo.
Sin necesidad de leyes reguladoras de marchas y mÃtines, sin necesidad de las firmas que los panistas hubieron de falsificar, el gobierno de Marcelo Ebrard toma el Zócalo, lo entrega a empresas comerciales (por ahà leÃmos que era de alabar que no le hubiera costado nada al gobierno del DF y que todo hubiera sido costeado por empresas privadas que, por cierto, incluyen a una de las televisoras ?vetadas? por el lopezobradorismo), se construye una pista de hielo y ¡zaz!, cuando menos durante dos meses, nada de mÃtines o manifestaciones en esa plaza que el movimiento estudiantil de 1968 arrancó a las celebraciones oficiales.
No más CND-lópezobradorista, no más invasiones de turbas a la catedral, nada de gritos que no sean los de quienes se caen, nada de mÃtines ni marchas, no más gritos, pancartas, indignación.
Para los 10 meses restantes del año, el ?izquierdoso? Ebrard ya tiene pensados nuevos proyectos que hagan sentir a los capitalinos que están en alguna otra metrópoli muy ?chic?.
Hace apenas unos dÃas, el llamado FNCR descubrió que la marcha que habÃa convocado para el Zócalo no podrÃa realizarse porque la pista de hielo lo ocupaba. No protestaron contra ese despojo, simplemente cambiaron de lugar. Después de todo, no habÃa por qué interferir en el espÃritu neoyorkino que ahora se respira en el DF? ni en las ventas de patines de hielo en los grandes centros comerciales.
No sólo no se impidió el despojo, no sólo no se criticó, además se aplaudió y celebró con fotos a color en primera plana, crónicas y entrevistas, este evento ?histórico? que le ahorró a los defeños las largas colas para obtener la visa norteamericana, y el costo del transporte y el hospedaje en la Nueva York de las pelÃculas que ven Marcelo Ebrard y su aspirante a Cristina Kirchner autóctona.
Si esto recuerda el método de ?pan y circo? tan caro a los gobiernos priÃstas, se olvida que sigue faltando el alimento, porque el único PAN que hay es el partido que ahora se amarra a la caÃda de Calderón Hinojosa, con el que toda la clase polÃtica se relaciona en privado y se deslinda en público.
Todo eso se pasa y se celebra porque el señor Ebrard no se ha tomado (todavÃa) la foto con Felipe Calderón y porque dice que es de izquierda? aunque gobierne como de derecha, con desalojos y despojos disfrazados de espectáculo y orden.
¿Y estos intelectuales de izquierda?
Bueno, pues aplausos para el desalojo de los barrios (con acusaciones de narcotráfico que nunca fueron probadas), más aplausos para el desalojo del comercio ambulante en el centro histórico (para acabar de entregarlo a la iniciativa privada), más aplausos a las edecanes en la carrera de autos en la avenida Reforma?
¡Qué cambio, mi buen!, de las carpas ?all included? del plantón contra el fraude, al glamur de la velocidad en un deporte tan de masas, tan popular y tan sin patrocinio como es el de las carreras de autos; del ?grito de los libres? contra el espurio, a aspirar a ser subsede de la olimpiada de invierno; ¡no, mi buen! ¡no importa si eso no es de izquierda, pero de que apantalla, apantalla!; mire, estos patines los tengo en varias combinaciones: tricolores para los nostálgicos, azules para los persignados, y amarillo con negro para los ingenuos; hay también con los colores de la chiquillada, digo, de lo perdido lo que aparezca, ¿no cree? Ahora que, eso sÃ, el patinaje sobre hielo es para gente esbelta, asà que le incluyo estas galletas que lo dejan más delgado que con un apretujón en el metro en hora pico. ¿Qué? ¿Es usted skater@? ¿No le digo? Por eso este paÃs no progresa, donde quiera abunda la gente sucia, fea, mala y, para acabarla de amolar, naca. Órale, siquiera deme lo del fondo de desempleo y no le digo a nadie? _
Frente al desalojo de familias en el barrio bravo de Tepito, el silencio o el razonamiento frÃvolo y servil: ?se está combatiendo a la delincuencia?, señaló un intelectual y fallido suspirante a la rectorÃa de la UNAM, y una foto en primera plana mostraba a una niña sentada sobre los pocos muebles que su familia rescató de uno de los desalojos. La filosofÃa Rudolph Giulianni, importada de Nueva York (como la pista de hielo) por López Obrador con la coartada de ?primero los pobres?, ahora hecha argumentación intelectual: esa niña era una narcotraficante en potencia? ahora es? nadie.
Ya no se quiere ocultar que la llamada izquierda institucional no es de izquierda, ahora se presenta como una virtud, de la misma forma que se anuncia un café descafeinado con la virtud de que no desvela y no sabe a café.
Es esta izquierda a la que algunos intelectuales progresistas (lo que sea de cada quien, los hombres son ahà la mayorÃa) presentan como el único referente aceptable, maduro, responsable, deseable y posible para la transformación social.
Sin embargo, y afortunadamente, no todo el pensamiento progresista es ?bien portado?.
Algunos hombres y mujeres han hecho del pensamiento analÃtico y reflexivo, palabra incómoda y a contrapelo. En estos dÃas podremos escuchar a algunas de estas pensadoras y pensadores. No están todos los que son, ni son todos los que están, pero el saber de su navegar rÃo arriba en el cauce del conocimiento, es un alivio para quienes a veces imaginamos que no estamos solos. Por eso saludo en esta primera ronda a Immanuel Wallerstein y a Carlos Aguirre Rojas. Reflexionando sobre algo del trabajo teórico de ellos, presentamos?
ALGUNAS TESIS SOBRE LA LUCHA ANTISISTÉMICA. UNO.- No se puede entender y explicar el sistema capitalista sin el concepto de guerra. Su supervivencia y su crecimiento dependen primordialmente de la guerra y de todo lo que a ella se asocia e implica. Por medio de ella y en ella, el capitalismo despoja, explota, reprime y discrimina. En la etapa de globalización neoliberal, el capitalismo hace la guerra a la humanidad entera. DOS.- Para aumentar sus ganancias, los capitalistas no sólo recurren a la reducción de costos de producción o al aumento de precios de venta de las mercancÃas. Esto es cierto, pero incompleto. Hay cuando menos tres formas más: una es el aumento de la productividad; otra es la producción de nuevas mercancÃas; una más es la apertura de nuevos mercados. TRES.- La producción de nuevas mercancÃas y la apertura de nuevos mercados se consiguen ahora con la conquista y reconquista de territorios y espacios sociales que antes no tenÃan interés para el capital. Conocimientos ancestrales y códigos genéticos, además de recursos naturales como el agua, los bosques y el aire son ahora mercancÃas con mercados abiertos o por crear. Quienes se encuentra en los espacios y territorios con estas y otras mercancÃas, son, quiéranlo o no, enemigos del capital. CUATRO.- El Capitalismo no tiene como destino inevitable su autodestrucción, a menos que incluya al mundo entero. Las versiones apocalÃpticas sobre que el sistema colapsará por sà mismo son erróneas. Como indÃgenas llevamos varios siglos escuchando profecÃas en ese sentido. CINCO.- La destrucción del sistema capitalista sólo se realizará si uno o muchos movimientos lo enfrentan y derrotan en su núcleo central, es decir, en la propiedad privada de los medios de producción y de cambio SEIS.- Las transformaciones reales de una sociedad, es decir, de las relaciones sociales en un momento histórico, como bien lo señala Wallerstein en algunos de sus textos, son las que van dirigidas contra el sistema en su conjunto. Actualmente no son posibles los parches o las reformas. En cambio son posibles y necesarios los movimientos antisistémicos. SIETE.- Las grandes transformaciones no empiezan arriba ni con hechos monumentales y épicos, sino con movimientos pequeños en su forma y que aparecen como irrelevantes para el polÃtico y el analista de arriba. La historia no se transforma a partir de plazas llenas o muchedumbres indignadas sino, como lo señala Carlos Aguirre Rojas, a partir de la conciencia organizada de grupos y colectivos que se conocen y reconocen mutuamente, abajo y a la izquierda, y construyen otra polÃtica. HabrÃa, creemos nosotros, nosotras, que desalambrar la teorÃa, y hacerlo con la práctica. Pero eso tal vez lo pueda explicar mejor Do Daniel Viglietti esta noche, cuando asuma la parte de culpa que tiene de que yo esté detrás de este pasamontañas, en lugar de estar detrás de una guitarra intentando el ritmo corrido-cumbi-ranchera-norteña. Asà las cosas, creo que siempre sÃ. Daniel Viglietti cantará esta noche, asà que habrá música y baile. Tal vez lleguen también, en estos dÃas, ElÃas Contreras, la Magdalena, Sombra, Diciembre y las mujeres zapatistas. Y tal vez Andrés Aubry sonrÃa viendo y escuchando todo, contento de no estar en esta mesa donde nunca acababa de decir lo que tenÃa que decirnos, porque se le iba la vida agradeciendo e, invariablemente, a mitad de su ponencia le pasaban el papelito de ?tiempo?. Asà que, antes de que me lo pasen a mÃ, gracias, nos vemos en la tarde.
II. ESCUCHAR EL AMARILLO
EL CALENDARIO Y LA GEOGRAFÃ A DE LA DIFERENCIA
?El peligro de l@s diferentes está en que luego les da por parecerse
mucho entre sÃ?.
Don Durito de La Lacandona.
La lucha de las mujeres, ¿del centro a la periferia?
Si antes hablamos de que en el pensamiento de arriba existÃa un abismo entre teorÃa y realidad y de la bulimia teórica concomitante que se vuelve moda entre una parte de la intelectualidad progresista, ahora quisiéramos detenernos en ese punto de la geografÃa pretendidamente cientÃfica que es el centro donde la piedra conceptual, es decir, la moda intelectual, cae y se inician las ondas que afectarán la periferia.
Resulta que esas teorÃas y prácticas surgidas en el centro, se extienden hacia la periferia no sólo afectando los pensamientos y prácticas en esos rincones, también, y sobre todo, imponiéndose como verdad y modelo a seguir.
Ya se habló del surgimiento de nuevos actores o sujetos sociales, y se mencionó a las mujeres, los jóvenes y jóvenas, y los otros amores.
Pues bien, sobre estos ?nuevos? protagonistas de la historia cotidiana, surgen nuevas elaboraciones teóricas que, siempre en el centro emisor, se traducen en prácticas polÃticas y organizativas.
En el caso de la lucha de género, o más especÃficamente, en el feminismo, sucede lo mismo. En una de las metrópolis surge una concepción de lo que es, su carácter, su objetivo, sus formas, su destino. De ahà se exporta a los puntos de la periferia, que a su vez son centros de otras periferias.
Este traslado no se da sin los problemas y ?atorones? propios de las distintas geografÃas.
Tampoco se da, paradójicamente, en términos de equidad. Y digo ?paradójicamente? porque uno de los rasgos esenciales de esta lucha es su demanda de equidad, de equidad de género.
Espero que las compañeras y compañeros que enarbolan esta lucha, y que me están escuchando o leyendo, disculpen el reduccionismo y simplismo con el que estoy tocando este punto. Y no es porque quiera salvar mi machismo, tan natural y espontáneo, en serio, sino porque no estamos pensando, a la hora de referirnos a esto, en los esfuerzos que llevan adelante. No decimos que sus proyectos no sean cuestionables.
Lo son y en más de un aspecto, pero estamos hablando de otra lucha de género, de otro feminismo: el que viene de arriba, del centro a la periferia.
En unos dÃas más, las mujeres zapatistas celebrarán un encuentro donde su experiencia y palabra tendrán un espacio único, asà que no abundaré más en este tema. Sin embargo, quisiera contarles la breve historia de un desencuentro. En los primeros meses posteriores al inicio de nuestro alzamiento, un grupo de feministas (asà se autodenominaron) llegaron a algunas de las comunidades zapatistas.
No, no llegaron a preguntar, a escuchar, a conocer, a respetar. Llegaron a decir lo que debÃan hacer las mujeres zapatistas, llegaron a liberarlas de la opresión de los machos zapatistas (empezando, por supuesto, por liberarlas del Sup), a decirles cuáles eran sus derechos, a mandar pues.
Cortejaron a quienes consideraban las jefas (por cierto, con métodos muy masculinos, dicho sea de paso). A través de ellas intentaron imponer, desde fuera, en forma y contenido, una lucha de género que ni siquiera se detuvieron a averiguar si existÃa o no y en qué grado en las comunidades indÃgenas zapatistas.
Ni siquiera se pararon a ver si las habÃan escuchado y entendido. No, su misión ?liberadora? estaba cumplida. Volvieron a sus metrópolis, escribieron artÃculos para periódicos y revistas, publicaron libros, viajaron con los gastos pagados al extranjero dando conferencias, tuvieron cargos gubernamentales, etc.
No vamos a cuestionar esto, cada quien se consigue las vacaciones como puede. Sólo queremos recordar que no hicieron mella alguna en las comunidades ni trajeron beneficio alguno a las mujeres.
Este desencuentro inicial marcó la relación posterior entre las mujeres zapatistas y las feministas, y llevó a una confrontación soterrada que, por supuesto, las feministas achacaron al machismo vertical y militarista del EZLN. Esto llegó hasta el punto en que un grupo de Comandantas se negó a un proyecto sobre derechos de la mujer. Resulta que se querÃan dar unos cursos, diseñados por ciudadanas, impartidos por ciudadanas y evaluados por ciudadanas. Las compañeras se oponÃan, querÃan ser ellas quienes decidieran los contenidos y ellas quienes impartieran el curso y ellas quienes valoraran los resultados y lo que seguÃa.
El resultado lo podrán conocer ustedes si asisten al Caracol de La Garrucha y escuchan, de los propios labios de las zapatistas, esa y otras historias. Tal vez les ayudarÃa a entender mejor, llevar la disposición y el ánimo de comprender. Tal vez, como Sylvia Marcos en el Israel de las beduinas, entenderÃan que las zapatistas, como muchas mujeres en muchos rincones del mundo, transgreden las reglas sin desechar su cultura, se rebelan como mujeres, pero sin dejar de ser indÃgenas y también, no hay que olvidarlo, sin dejar de ser zapatistas. Hace unos años, un periodista me contó que se habÃa encontrado en la carretera a una señora zapatista y le habÃa dado ?aventón? hasta el pueblo. ?¿Andaba con uniforme o pantalón o botas??, le pregunté preocupado. El periodista me aclaró: ?No, llevaba nagüa, camisa bordada y estaba descalza. Además llevaba su hijo cargando en el rebozo?.
?¿Cómo supo entonces que era zapatista??, le insistÃ. El periodista me respondió con naturalidad: ?es fácil, las zapatistas se paran diferente, caminan diferente, miran diferente?. ?¿Cómo??, reiteré. ?Pues como zapatistas?, dijo el periodista y sacó su grabadora para preguntarme sobre la propuesta de diálogo del gobierno, las próximas elecciones, los libros que he leÃdo y otras cosas igualmente absurdas.
Sin embargo, es necesario señalar que esta distancia se ido acortando gracias al trabajo y comprensión de nuestras compañeras feministas de La Otra Campaña, particularmente y de manera destacada, de nuestras compañeras de La Otra Jovel.
Según mi visión machista, en ambos rincones se ha entendido la diferencia entre unas y otras y, por tanto, ha iniciado un reconocimiento mutuo que devendrá en algo muy otro, y que seguro pondrá a temblar no sólo al sistema patriarcal en su conjunto, también a quienes apenas estamos entendiendo la fuerza y el poder de esa diferencia, y que nos lleva a repetir, aunque con otro sentido, el ?¡Vive le difference!?, ¡Viva la Diferencia!
De esa tensión que, paulatinamente, se convierte en liga y puente, saldrá un nuevo calendario en una nueva geografÃa. Uno y una donde la mujer, en su igualdad y diferencia, tenga el lugar que conquiste en esa su lucha, la más pesada, la mas compleja y la más continua de todas las luchas antisistémicas.
***
Nuestros sabedores más mayores cuentan que los dioses más primeros, los que nacieron el mundo, hicieron el color amarillo a partir de la risa de las niñas y niños. Recordando esto, hemos decidido contarles un cuento que es para menores de edad, pero que los mayores se lo van a tener que chutar porque? porque? bueno, pues porque se verÃa muy mal que se salgan antes de que termine esta sesión del coloquio. Ahora que, si se van a salir, les pido que no sean gachos y lo hagan con discreción para que aquà los organizadores no sientan tan feo. Bueno, para las que se queden, aquà está el cuento? Ya antes conté esto, asà que sólo repetiré brevemente la historia de Diciembre. Ella era una niña, asÃ, pequeñita. HabÃa nacido en el mes de noviembre y, como sus padres sólo hablaban lengua indÃgena, se hizo un desmadre cuando la fueron a registrar. El notario preguntaba atropelladamente dónde nació, cuándo nació, en qué mes estamos (es que andaba medio crudo) y cosas asÃ. Su madre apenas estaba por responder el mes en que estábamos, cuando el del registro civil volvió a la pregunta de cómo se iba a llamar. ?Diciembre?, escuchó el notario y, pues se chingó Roma, porque cuando se dieron cuenta ya era un relajo cambiar los papeles. Asà que ?Diciembre? se pasó a llamar esta niña que nació en noviembre. Según los usos y costumbres de los adultos, cuando regañan a una niña o niño, no se acuerdan de su nombre, y empiezan a decir varios nombres hasta que le atinan. En el caso de Diciembre, los regaños eran menos estrictos, porque la mamá empezaba por Enero, y cuando llegaba a Diciembre ya se le habÃa olvidado por qué iba a regañar a la niña. En otra historia, ahora ya lejana, Diciembre conoció a un búho y se hizo amiga de él. En aquel entonces, resolvió el desafÃo de la flauta chueca y no me acuerdo qué otras travesuras más hizo. Pues bien, aquà les va?
DICIEMBRE Y LA HISTORIA DEL LIBRO SIN MANOS.
Una tarde, casi noche, como ésta que anuncia lluvia de luces, andaba
Diciembre caminando asà nomás. Acaso estaba pensando nada, sólo caminaba
recogiendo piedritas y ramitas, y colgaba las piedritas de un árbol, y
amontonaba las ramitas a un lado del camino, y les ponÃa nombres: ése
era un ?árbol de piedras? y aquello una ?montaña de ramas?. O sea que,
como quien dice, a la Diciembre ésta no sólo le daba por revolver su
pensamiento, también revolvÃa el mundo.
TenÃa, además, unos lapiceros de colores que a saber quién le habÃa
regalado. Asà que, cuando no estaba colgando piedras y amontonando
ramas, Diciembre sacaba los lapiceros de su morraleta y se ponÃa a
pintar de colores lo que estuviera a la mano.
Bueno, pues resulta que asà andaba la Diciembre, tarareando una canción
a ritmo de corrido-cumbia-ranchera-norteña, cuando ¡zas!, ahà nomás
estaba parado, en medio del camino, un libro.
Contenta se puso la Diciembre. Sacó sus colorines y fue muy decidida a
agarrar el libro para llenarlo de rayones y bolitas y palitos y hasta un
garabato que se supone, serÃa el retrato hablado de la Panfililla, que
asà se llamaba una su perrita que más bien era bien mulita (sin agraviar
a las presentes).
Ya se acercaba la Diciembre al libro que estaba en medio del camino, ya
se imaginaba que la Junta de Buen Gobierno le daba permiso de pintar un
su mural en la pared de la escuela autónoma, ya se veÃa pidiéndole a una
señora sociedad civil que le tomara una foto a ella con la Panfililla,
paradas junto al mural, y ya pensaba que si acaso no se parecÃa la
Panfililla a la pintura del mural pues ahà mismo pintaba las
correcciones. No en la pared de la escuela, sino en el cuerpo de la
Panfililla, por supuesto.
Todo esto iba pensando la Diciembre cuando, al acercarse a tomar el
libro con sus manos, ¡zas!, el libro abrió sus pastas y se echó a volar.
?¡Órales!?, dijo la Diciembre con un tono que no dejaba duda de su
origen plebeyo, ?tras que ese libro vola?. El libro aleteó unos metros y
se fue a posar más adelante, en medio del camino. Diciembre corrió a
agarrar el libro, pero antes de que llegara, volvió a volar. Diciembre
pensó entonces que el libro querÃa jugar y pues ella también. Asà que
ahà andaba la niña correteando de un lado a otro al libro volador y,
mientras tanto, la Panfililla ya se habÃa empacado media docena de
piedras y dos docenas de ramitas, y se habÃa quedado tirada, haciendo la
digestión y nomás moviendo las orejas de un lado a otro, según corrÃa la
Diciembre detrás del libro.
Ahà tardaron, pero llegó el momento en que la Diciembre se cansó y quedó
muy agotada, tirada a un lado de la Panfililla.
?¿Y ora qué hacemos Panfililla??, preguntó Diciembre.
Y la Panfililla nomás movió la oreja, porque todavÃa estaba tratando de
digerir una piedra de ámbar y no podÃa ladrar.
?Ya sé, tengo una idea?, dijo la Diciembre, ?voy a ir a buscar al señor
Búho y le voy a preguntar?.
La Panfililla movió las orejas como diciendo ?sale, yo aquà te espero?,
mientras miraba que todavÃa le faltaba la mitad del montecito de ramitas
por zamparse.
Asà que Diciembre fue a visitar a su amigo el Búho. Lo encontró sentado
encima de su árbol, viendo una revista con muchachas encueradas.
Aquà el Búho interrumpe el cuento y le aclara al respetable público:
?No le crean al Sup, no era una revista de muchachas encueradas, era un
folleto de lencerÃa, de Victoria Secrets para más señas. No es lo mismo?.
Bueno, pues el Búho estaba viendo una revista de muchachas
semiencueradas cuando llegó Diciembre y ahà nomás, sin anestesia ni
decir agua va, le soltó:
?OÃ, señor Búho, ¿por qué hay libros que volan??
?Se dice ?vuelan? y no ?volan?, corrigió el señor Búho, y agregó: ?Y no,
los libros no vuelan. Los libros están en las librerÃas, en las
bibliotecas, en los escritorios de los cientÃficos y, cuando no los
compra nadie, en las mesas afuera de los coloquios?
?Hay uno que s�, le contestó Diciembre, y en seguida le contó lo que
habÃa pasado antes con el libro volador.
El señor Búho cerró su folleto de muchachas en paños menores, claro, no
sin antes marcar la página en la que se habÃa quedado, y dijo muy decidido:
?Muy bien, vamos a investigar, nomás aguántame un ratón porque tengo que
ponerme ropa adecuada?.
?Bueno?, dijo Diciembre y mientras esperaba al señor Búho, se puso a
colgar en las ramas de los árboles algunas piedritas que logró rescatar
de la gula de la Panfililla.
El señor Búho, mientras tanto, abrió un gigantesco baúl y empezó a
buscar, murmurando: ?mmh? látigo, no? liguero, tampoco? neglillé, menos?
mmh? ¡aquà está!?, exclamó de pronto el señor Búho y sacó un
pasamontañas negro.
Se lo puso y, tomando una pipa, se dirigió a Diciembre y le preguntó:
?Y bien, ¿qué te parece mi disfraz??
Diciembre lo miró extrañada y, después de un rato, dijo: ?¿y de qué está
disfrazado??
?¿Cómo de qué? ¡Pues de subcomandante! Si el libro ése me ve como búho,
no me va a dejar acercarme siquiera, porque los búhos de por sà queremos
muchos libros, en cambio los subcomandantes no los usan ni para nivelar
mesas?.
Aquà el Sup interrumpe para aclararle al respetable:
?No le crean al señor Búho, los subcomandantes sà usamos los libros, a
veces, cuando la leña no prende??
Ejem, ejem.
Bueno, pues les decÃa que la Diciembre y el señor Búho disfrazado de
subcomandante, bajaron del árbol y se dirigieron a donde la niña habÃa
dejado a la Panfililla esperándola.
Cuando llegaron a donde estaba la perrita, la encontraron tratando,
simultáneamente, de roer la mitad de una pantufla y de digerir la otra
mitad.
?¡Mis pantuflas totalmente Palacio!?, exclamó escandalizado el señor
Búho y empezó a luchar con la Panfililla, tratando de arrebatarle la
mitad de la pantufla que, además, era la mitad de adelante, o sea que
todavÃa podÃa pasar como una pantufla versión minimalista.
Diciembre le ayudó, y algo le dijo al oÃdo, bueno a la oreja, a la
Panfililla que ésta, inmediatamente, soltó la mitad delantera de la
pantufla del señor Búho.
¡Uff!, suspiró aliviado el señor Búho y, mientras hacÃa el recuento de
los daños, le preguntó a Diciembre:
¿Y qué le dijiste para que la soltara?
Diciembre contestó sin inmutarse: ?Que le iba a dar la mitad de la otra
pantufla?.
¿¡Qué!?, gritó el señor Búho. ?¡Mis pantuflas, mi buen nombre, mi
prestigio, mi status intelectual?!?
En eso, ¡zas!, Diciembre descubrió, cerca de donde estaban, al libro
volador.
¡Ahà está!, le gritó Diciembre al señor Búho.
El señor Búho se acomodó como pudo el pasamontañas, encendió la pipa y
le dijo a Diciembre:
?Tú espérame aquÃ, voy a investigar?.
Llegó el señor Búho hasta donde estaba el libro volador, quien no lo
reconoció por su disfraz de subcomandante.
Como es sabido, los libros les cuentan a los subcomandantes hasta lo que
no viene escrito en ellos, asà que tardaron hablando.
Diciembre ya se estaba quedando dormida cuando el señor Búho regresó y
le dijo:
?Ya está. El misterio ha sido resuelto?.
¿Qué pasó?, preguntó Diciembre bostezando.
Elemental, mi querida Diciembre. Se trata, simple y sencillamente, de un
caso extremo de ?libro sin manos?, dijo el señor Búho.
¿Libro sin manos?, ¿Y qué es eso?, preguntó Diciembre.
Pues es un libro que no quiere estar en un estante de librerÃa o
biblioteca, o en un escritorio, o arrumbado en un rincón, o nivelando
una mesa. Es un libro que quiere estar en las manos de alguien. Que lo
lea, que lo escriba, que lo pinte, que lo quiera pues, explicó el señor
Búho.
¡Yo!, dijo Diciembre alegremente.
¿Estás segura? Un libro no es cualquier cosa, no es como un dinosaurio
come-pantuflas, dijo el señor Búho mientras miraba con rencor a la
Panfililla, que ya estaba mordisqueando la pipa del disfraz de Sup del
señor Búho.
No es dinosaurio, es dinosauria, y sÃ, estoy segura, respondió decidida
la Diciembre.
Bueno, prueba a ver si lo convences a él, dijo el señor Búho mientras
trataba de arrebatarle la pipa a la Panfililla.
¿Y cómo hago?, preguntó Diciembre.
Muy sencillo, acércate, pero no mucho y extiende tus manitas. Si te
acepta, entonces él irá hacia a ti, le indicó el señor Búho.
Sale, dijo la Panfililla, perdón, la Diciembre.
Se limpió las manos en la nagua porque se acordó que no se las habÃa
lavado, se acercó poco a poco al libro volador y, cuando creyó estar lo
suficientemente cerca para que el libro la viera pero no se espantara,
extendió sus dos manitas.
El libro abrió entonces sus tapas, como para echarse a volar, pero dudó.
Diciembre alargó más sus manitas y dijo:
?Ven, ven, ven?
El libro empezó entonces a volar, pero en lugar de alejarse, fue a
posarse en las manitas de Diciembre.
La niña se puso muy contenta y abrazó el libro contra su pecho, tanto
que el libro se echó un pedito: prttt.
El señor Búho aplaudió satisfecho y la Panfililla no ladró, pero eructó
con aroma a pantufla mal digerida.
Se fue entonces el señor Búho a seguir viendo muchachas? perdón, a leer
y estudiar mucho.
Diciembre se puso a colorear el libro con sus plumines y no vivieron muy
felices porque, en un descuido, la Panfililla se empacó la
contraportada, el Ãndice, los anexos y 7 pies de página.
Tan- tan.
Moraleja: no dejen nada al alcance de las perritas, pueden ser
dinosaurias disfrazadas.
Y ya, espero que Daniel Viglietti les haga olvidar pronto esta ponencia
tan poco seria, y que las niñas la recuerden? por siempre jamás.
Gracias.
Subcomandante Insurgente Marcos.
San Cristóbal de Las Casas, Chiapas, M
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